quinta-feira, 15 de abril de 2010

Cuestión de amor propio


Cuando me haces una pregunta así sólo puedo pensar en cómo puedo responderte de manera que las palabras alcancen para expresar algo al fin y al cabo incalculable. Supongo que ni el mayor don de palabra podría darme los calificativos suficientes para definirlo. Responderte desde el corazón, la razón, la lírica o la matemática, serían sin duda recursos insuficientes como todo aquél que pueda imaginar.

Diremos que se trata de autoestima, de cuánto uno se aprecia o se valora de manera interna, de contar con uno mismo más que con nadie en este mundo, ser fiel de que no nos vamos a fallar a nosotros mismos, de que nuestros principios, verdades, opiniones, vivencias, son ciertas e indiscutibles y que nos guiarán a lo largo de la vida por el camino más óptimo sin abandonarnos en este viaje.

A lo largo de mi corta vida he comprendido que el cariño o afecto de las personas nunca es incondicional, todo amor viene dado por unas circunstancias que nos aferran a nuestros seres queridos y que puede verse modificado por un mal comportamiento, discusión, distanciamiento, entre muchas otras razones. En ese momento es cuando debemos apoyarnos en nosotros mismos, ser conscientes de quienes somos y amar nuestra persona más que a nadie ni a nada en este mundo como apoyo incondicional para seguir adelante.

            Deberás sentirte seguro de que el hecho de que esta respuesta aparentemente tan racional y calculada desde la psicología, la lógica y sin duda la más absoluta razón también viene dotada de la mayor carga de sentimiento jamás imaginada.

Mi amor, cuando me haces una pregunta así solo puedo responderte que como mi mitad, alma de mi alma, vida de mi vida, extensión de mí y parte inseparable de lo que yo simbolizo en este mundo, a la pregunta de cuánto te amo solo puedo responderte: Querido formas parte de mi, es cuestión de amor propio, de quererse a uno mismo. 

terça-feira, 13 de abril de 2010

Soy


Soy tan loca que vivo con cordura, tan romántica que no creo en los flechazos,  tan soñadora que amo vivir despierta, tan idiota que no sé soñar sin ti.

Soy divertida por sonreír con la mirada, inapropiada al reírme por reír, asesina por matar el mundo a besos, aventurera por querer viajar en ti.

Soy tan tonta que no creo en imposibles, tan contradictoria que lloro mientras río, tan impredecible que te dejé que me conozcas, tan trotamundos que no vivo en mí.

Soy tan grande que amo lo pequeño,  tan diminuta que me fijo en los detalles, tan estrella que cumplo deseos, tan fugaz que nunca me quedo.

Soy tantas cosas que no soy nada, tan sólo alguien que habla con la mirada, que tiene una boca que  dice que no te vayas, que toca lo intocable, que piensa lo impensable, que imagina lo inimaginable, soy tan sólo alguien: que te ama más que a nadie.


sexta-feira, 9 de abril de 2010

Por las princesas reales.



Por aquellas que no llevan corona ni hablan con sapos, que no friegan pasillos mientras cantan con gatos.

Por aquellas que no duermen por largos años y se encuentran viviendo rodeadas de enanos.

Por aquellas que no son perseguidas por brujas ni ogros malvados y que no se mueren por un príncipe encantado.

Por aquellas que no viven en palacios ni tienen criados, que viven en pisos de pocos metros cuadrados.

Por las que no sueñan del cuento de buscar vestidos, que estudian y trabajan por sueldos dignos.

Por aquellas que sufren, que lloran, que ríen, que no disfrazan sentimientos, que realmente viven.

Por las que hacen malabarismos para llegar a fin de mes y pese a todo se mantienen en pie.

 Por las que pueden maquillarse una vez al mes pero se ven guapas igual que ayer.

Por las que no pasan los años, sean veinte o cincuenta no disminuyen sus pasos.

Por las que superan obstáculos, por las que no se riden, por las que su vida, no salió de Disney.

Por la que no necesita un príncipe para sentir que el mundo gira, que con ella se basta para sentirse viva.


Y es que no aspiro a ser Princesa, viviendo de un marido y disfrutando de vestidos, porque yo ya soy Princesa:  lo demuestro mientras vivo.



Texto dedicado a mi madre Eugenia.



quinta-feira, 8 de abril de 2010

Delito

Hoy pienso cometer un robo, ya nada me importa si no te tengo, cometer una locura, el mayor delito: quiero robarte a ti para llevarte conmigo.

Dado mi plan quiero darte un consejo, guárdalo todo al salir, encárgate de esconder tus bienes más preciados, guárdate de la lluvia, del frío, del viento, guárdate de mí.

Escóndete de mi presencia, rehúye mis intentos, porque pienso cometer un robo, el mayor delito cometido por el tesoro más grande existente.

He planeado robarte el corazón así que déjalo en casa, no voy a tener cautela, no voy a tener piedad, pienso robarte hasta el último latido para llevarlo conmigo. A partir de ahora escóndete de mis miradas que vienen furtivas, tratan de arrancarte besos sin cautela para llevarlos a mis labios.

Resguárdate de mi porque seguiré tus pasos, tengo intención de encontrarte y no dejar tus manos libres, van a quedarse presas de las mías para no separarse más.

Ten cuidado porque gracias a mí perderás no sólo lo que yo te hurte sino que además las sonrisas y los alientos que ya no querrán acompañarte. Se te escaparán todas al compartir mis días y perderás hasta el último aliento al mirarme. Ambos se marcharán conmigo porque ya no sabrán salir sin mí.

Se cierto que viviré entre rejas y es que no sólo me bastará con robarte el corazón, los besos, los alientos, las manos y las sonrisas sino que además de ello pienso robarte hasta el último pensamiento, debo decirte que te encontrarás sin vida pensando en mi.


Hoy me llevarán presa con cadena perpétua y no me importa confesar este delito porque tan sólo quiero vivir en las rejas de tus brazos sabiendo que tú estás preso por los míos.










segunda-feira, 5 de abril de 2010

Quiero

Quiero vivir en un mundo en el cual no existan atrocidades, hambre, pobreza, guerras o miseria, que nada se contemple más allá de los muros de mi habitación.

Quiero sentir que mi felicidad se encuentra únicamente en los pequeños placeres de la vida: la sonrisa de satisfacción de un ser querido, un helado para merendar o un regalo inesperado.

Quiero creer que el amor de los que me rodean es incondicional, que no importa lo que haga que siempre van a protegerme, cuidarme y acompañarme en cada uno de mis días.

Quiero ver como mis lágrimas jamás superan el grado de dolor de una caída leve montando en bicicleta o un baño a mitad de mi programa favorito.

Quiero vivir el día a día creyendo que seré la próxima Dian Fossey o una gran astronauta sin sentir que podré toparme con ningún tipo de límite en mi camino.

Quiero vivir en un mundo en el que una sonrisa o un por favor vencen más batallas que el  dinero.

Quiero sentir que mi mayor obligación está escrita en una agenda llena de pegatinas y letra de la mejor caligrafía, que no existen las facturas, los horarios, los problemas.

Quiero sentirme Cenicienta, creer que el amor todo lo vence.

Quiero sentir que mis padres nunca se separarán porque eso no es posible y que el amor eterno llamará a mi puerta para no abandonarme jamás.

Quiero tener una fuerza y vitalidad inagotables, porque el cansancio no existe si no arrastras una vida y necesitas energías para un largo porvenir.

Quiero convertir la arena en castillos, una caja en un hogar y unas hojas en comida.

Quiero recuperar mi inocencia, creer que todo es posible y que nada se escapa de mi posibilidad, creer en lo eterno, vivir en un futuro perfecto.

Hoy quiero ser una niña, para poder afrontar los retos que me convierten en adulta.


quarta-feira, 31 de março de 2010

Historia de un café

Eran las dos y media de la tarde y el sol abrasaba pero me había decidido a que hoy era el día y el lugar. Faltaban apenas unos minutos para que su turno terminara y yo estaba decidido tras haber pedido día libre en el trabajo a que hoy lo haría por fin. No quería dejar pasar esta oportunidad: Hoy iba a decirle quién era de una vez por todas.

Había olvidado las veces que había entrado en ese local. Estaba tal y como lo recordaba pero más imponente: la fachada marrón, las gardenias en los maceteros, las mesas repletas de familias y parejas tomando café, los camareros todos tan elegantes y decentes como de costumbre, todo igual y sin importancia o relevancia a excepción de una cosa, una persona en realidad, una camarera que radiaba por encima de los demás y la responsable de traerme a este punto. De ella quiero hablaros hoy y de lo que ocurrió ese día en el café.

Me había adecentado para el momento, no quise entrar con ninguna apariencia que pudiese indicar cualquier otro rasgo que no fuese decencia, elegancia, simpatía, y humildad, por lo que me compré un buen traje, de esos que indican presencia sin ser demasiado ostentosos. Para complementar me compré unos buenos zapatos de vestir y me peiné mi pelo gris de forma que mi cara transmitiese simpatía, aunque a mis cuarenta y cinco años más bien no indicaba otra cosa que cansancio.

Tuve que respirar hondo varias veces antes de decidirme a cruzar la pequeña calle. Al llegar a la puerta del local y colocar mi mano sobre el manillar para abrirla, la campanilla que sonó me indicó que la batalla ya había empezado, no sabía cual sería su reacción así que me esperaba cualquier cosa y la cuenta atrás ya había comenzado.

Debía tener unas quince personas delante mía esperando para pedir su café para llevar así que eso me otorgaba tiempo para repasar una vez más el diálogo que había ensayado centenares de veces desde el día en que la vi, ese diálogo que me preparaba cada día al tomar café en una de las mesas del bar mientras la observaba.

Allí estaba ella, tan radiante como siempre pero guapa como nunca. Era inconfundible: alta, de esas mujeres que no pasan desapercibidas entre la multitud.  Su pelo tenía un color dorado brillante, un rubio platino de los que radian al sol. Sus ojos eran como los míos pero más brillantes, parecían luceros y tenían ese color que te hacía recordar al cielo en un día claro. Su sonrisa, ¡Qué decir de su sonrisa! No era por sentirme orgulloso pero jamás había visto algo igual a excepción claro de la de su madre. Era tan especial que sonrojaba a los clientes al decir -¡Qué tenga un buen día!- ¡Cómo sería verla sonreír de alegría!. Tal como su madre era tan radiante que hacía que todo ser vivo pareciese un pobre mortal al lado de semejante belleza divina. Tenía mi mentón, mis ojos y mi hoyuelo al sonreír. Era mi hija, y desconocía mi existencia.

Al estar allí parado, con unas diez personas menos enfrente mía me planteé como tantas otras veces cómo era posible que su presencia me hubiese pasado desapercibida tantos años, cómo era posible que su madre jamás me hablara de su existencia, ¡Pero por dios, era nuestro vivo retrato! La habría reconocido a cien mil kilómetros y sin embargo tardé veinte años en encontrarla. Me sentía frustrado, angustiado, pero decidido a acabar con aquella situación. En el momento en que fuese mi turno aquello iba a terminar, le comentaría que necesitaba hablar con ella y la esperaría al salir, le hablaría de porqué no había sabido nada de ella antes y del tiempo que había estado esperando este momento. Sí, estaba decidido, no más familias rotas, ella iba a tener ese padre que seguramente se preguntó toda su vida dónde anduvo y porqué jamás la quiso.

Volví a mirarla, sentí que la quise desde el primer contacto visual, esa sonrisa me recordaba tanto a su madre el día que la conocí: tan radiante, tan risueña, tan inteligente, la universidad empezó a motivarme el doble cuando sentí la posibilidad de entablar conversación con ella entre clase y clase. Me enamoró, me enamoró perdidamente y vivimos la historia más bonita de mi vida. Supongo que jamás volví a tener pareja por el hecho de que ninguna se comparaba a ella. ¿Por qué me lo ocultó? ¿Tendría miedo?, ¿Me debió ver inmaduro? ¡Habría formado una familia con ella sin dudarlo!. Pero lo cierto es que desapareció. Un día sin más no volví a verla. La busqué desesperado una y otra vez, y nunca la encontré, hasta el 27 de Marzo del año pasado, cuando vi en aquella joven, la sonrisa de su madre pegada a mi hoyuelo, el cual sin duda, no le hacia justicia a aquellos ojos azul cielo.

Ya era mi turno, una persona más, por fin podría decirle todo lo que siento, lo mucho que la quiero y compartir con ella todos esos años que he perdido a su lado ¿Le gustará lo mismo que a mi? ¿Y porqué trabajará aquí? ¡Espero que haya estudiado algo o que lo esté haciendo!.

En ese momento el caballero de enfrente se marchó, apoyé la mano en la barra y cuando me dispuse a decir la primera palabra que cambiaría mi vida para siempre, una voz me interrumpió:

Disculpe señor, ¿me permite un segundo? Tan sólo es un momento – y dirigiéndose a ella dijo  – Cariño te estamos esperando fuera, vamos a ver a la abuela, ¿te falta mucho para salir? ¡Tu madre y tu hermano están ya de los nervios!
Si papá, tardo dos segundos, ahora ve al coche y déjame trabajar que en cinco minutos estoy fuera.

La conversación siguió pero no me percaté, lo primero de todo : ¿Había dicho tu madre?. Me giré hacia la salida del local y allí la vi: Sin duda los años habían hecho mella en su piel pero, ¡Qué diablos! Seguía tan radiante como siempre, esa sonrisa jamás la olvidaría, ¡Dios, cómo la amé! No podía creer que la tuviese a pocos metros de mí tras veinte años. Cuánto la habré soñado, cuánto la habré necesitado en estos años vacíos sintiendo que faltaba una parte importante de mi. ¿Estaba listo para verla? Lo sabríamos cuando se me pasase el estado de shock pero si algo sabía era que debía recuperar a mi hija. En ese instante una voz me interrumpió:


Disculpe señor ¿Se encuentra bien? - Era ella hablándome con una sonrisa de complicidad clavando su mirada en la mía y esperando una respuesta que la permitiese seguir con su trabajo.

Volví a la realidad, me había evadido por completo de aquél lugar. En un instante volví a escuchar el bullicio de las conversaciones, el ruido de las tazas, la música de fondo, y las personas resoplando tras de mí por retrasar la cola.

En ese instante la miré, sonreí y comprendí: Amaba a mi hija más que a nada que pudiese imaginar, pensé en su familia y no sé qué diablos ocurrió pero son felices, quizás desconozca que aquél hombre no es su verdadero padre, pero al fin y al cabo la ha cuidado durante toda su vida. Yo ya tengo cuarenta y cinco años, ella apenas veinte, no quería hundirla en el sentimiento de creer que su familia la engañó su vida entera.

En ese momento  mis labios pronunciaron esas palabras que cambiarían mi vida entera, no eran las esperadas, pero sí las que fueron:

Sí disculpa, me distraje pensando en el trabajo ¡Qué desastre!.¿Me pones un café con leche por favor?

Ahora mismo señor – Respondió ella con simpatía.

En ese instante sentí que mi traje , mi aspecto amigable, mis meses frente al espejo, no tenían importancia, porque pese a que este sentimiento de impotencia me acompañaría toda mi vida yo siempre sabría que en mi única oportunidad de comportarme como un padre lo hice mejor que ninguno, la dejé ser feliz.

Volvería desde entonces cada día al café de la calle Neruda número 53. Cada día el mismo café, la misma mesa, con la única intención, de verla sonreír. Hoy escribo desde aquí, desde el anonimato absoluto, pero un anonimato intencionado. Supongo que a veces tengo la necesidad de hablarle aunque sea en un papel.

Quizás algún día su madre vuelva, me vea, y la invada el arrepentimiento más sincero. Quizás mi hija reconozca mis ojos, mi mentón y mi hoyuelo, tan acostumbrada a verlos desde niña en el espejo, pero sea así o sin conocerla nunca, desde hace hoy 267 días, misma mesa, mismo lugar, verte sonreír: la energía de mis días.

terça-feira, 30 de março de 2010

El sótano de los recuerdos

-¡Zoe! ¿Has terminado? - Gritó John desde arriba con tono de urgencia- Los padres de Zoe acababan de llegar y él no se sentía cómodo con la idea de compartir un momento muy largo a solas con ellos, jamás sabía qué decir. 

- No, ¡Ahora subiré, dame 10 minutos! -Respondió Zoe mientras miraba la caja del sótano, esa caja a la que tanto le costaba acercarse. 

     Allí seguía; tal y como la dejó 4 años atrás: cubierta de polvo y de más cajas por encima, seguía siendo la misma caja marrón con rebordes amarillos que tanto la atemorizaba y de la que tanto le costaba desprenderse, esa caja en la que Zoe había pretendido encerrar todos sus recuerdos y la que no se había atrevido a volver a abrir. 

Habían pasado ya cuatro años desde que se decidió a dar el paso con John, él vino a vivir a su casa por la comodidad que suponía pero lo cierto es que ella nunca fue capaz de convertir esa casa en un hogar para ambos. Por más que miraba a su alrededor sencillamente veía su casa y nada más, esa casa en la que ella había vivido tantos años pero no la casa de ambos, si se fijaba detenidamente podía observar aquél marco en la mesa regalo de su ex novio de la universidad, aquella foto enorme en la pared fruto de una noche romántica con su ex marido entre muchos otros recuerdos que ya no estaban presentes en su cabeza pero sí en su entorno. ¿Por qué nunca fui capaz de desprenderme de todo esto? -Se preguntó Zoe interiormente algo angustiada-. ¿Porqué la sigo viendo como mi casa y no nuestra casa tras cuatro años?- No entendía a qué venían esas preguntas hoy pero lo cierto es que habían invadido su cabeza mientras se disponía a limpiar aquél lugar.

Sentada en el suelo, con el trapo en la mano, el pañuelo que le recogía el pelo para poder limpiar mejor, rodeada de revistas viejas y polvo por doquier, decidió de una vez por todas enfrentarse a aquella caja. Aquellas preguntas se merecían una respuesta, fuese cual fuese el motivo de que la invadiesen hoy. 

   John desconocía la existencia de aquellos recuerdos, -Jamás bajaría al sótano- pensó ella,  le producía escalofríos, una caja tan escondida nunca hubiese sido fruto de su curiosidad. Pero lo cierto es que allí estaba, Allí estaba más vieja que nunca en ese rincón donde ella guardaba todos los recuerdos que suponía no tener y de los que se negaba desprender: fotos de cuando compró la casa con su ex marido, primeras fotos de ambos cubiertos de pintura pintando el salón cuando la casa ni siquiera tenía sillas para descansar, el anuario de aquél año en el que se conocieron, las llaves originales de la casa antes de que ella las cambiase al separarse, todo. 10 años de recuerdos desvanecidos en el tiempo tenían cabida en un espacio de 10x30cm. 

Sin percatarse y sumida en flashes de recuerdos se vio sorprendida por el crujido de la escalera. Acto seguido Zoe se apresuró a guardarlo todo antes de que John pudiese verlo y sentirse herido:

- ¡Mi vida ya subo! Disculpa, hay tanta cosa por aquí que creo que no voy a terminar nunca...-Dijo Zoe con tono de apuro antes de ser interrumpida.
- Querida, cálmate -respondió la madre con tono suave y protector- me dijo John que estabas aquí y ya estaba cansada de esas tediosas conversaciones sobre el tiempo, ¿Qué haces?
- Nada madre, limpiar un poco, no hace falta que me sermonees sobre lo sucio que está esto, yo ya lo sé. -Respondió Zoe en tono grosero.

Mientras escuchaba a su hija con su tono de suplicio habitual por tener que comer con ella otro domingo sintió que por una vez eso no le importaba. Había reconocido la cara de Tom en una pequeña esquina de la fotografía que Zoe estaba tratado de esconder bajo sus piernas. 

- Querida... -Dijo Anna con un suspiro que alentaba su preocupación.
- Sí, madre, ¡lo sé! 
- No porfavor, ¡escúchame, No seas testaruda!
- Está bien, ¿qué mamá? - En ese instante, al mirarla Zoe comprendió que la mirada de su madre no era de reproche sino de auténtica lástima. Se dispuso a escucharla.
- Zoe....¿Sabes porqué te llamé así? 
- No, ciertamente no.- respondió la hija con gesto de incredulidad- ¿A qué viene eso ahora?
- Me sorprende que nunca me lo hayas preguntado y yo nunca te lo haya dicho a lo largo de tantos años. Querida... te llamas Zoe porque tu nombre significa vida. En el momento en el que tu viniste al mundo, sabes que tu padre y yo no estábamos muy unidos, sabes que yo pasé la vida enamorada de aquél jóven ...-Sí mamá, lo sé, aquél chico de Brooklyn, sé que papá y tú os casásteis porque yo fui el desastre que culminó en otro matrimonio fallido, interrumpió Zoe- Hija...déjame terminar -suplicó la madre- ¡y no es así! sabes que estaba enamorada de aquél joven pero entonces viniste tú y fuiste lo mejor que me ha pasado en la vida y lo que me unió a tu padre hasta día de hoy, 40 años después. Cariño, te llamas así porque yo comprendí que había vivido toda mi vida anclada en un amor pasado, en una persona que se fue. Comprendí que yo nunca iba a tener una vida si no miraba hacia adelante. Te llamé Zoe porque significa vida, porque quería que tú, persona que más amo en este mundo, sangre de mi sangre viviese, y no viviese en el pasado sino en el presente. No quería que tu vivieses como estaba viviendo yo. Jamás avanzarás si no dejas de mirar atrás cariño – Concluyó Anna con una caricia en el rostro de Zoe.
- Lo sé, pero no quiero olvidarle, mamá, fueron muchos años y él se marchó sin más....yo no...-intentó terminar la frase entre sollozos-.
- Mi pequeña...-pronunció la madre mientras le daba un abrazo a su hija con una leve sonrisa- Tom se marchó, pero mientras estuvo aquí fuiste una persona muy feliz, jamás sabremos porqué lo hizo ni a dónde fue, quizás algún día regrese y te de una explicación, pero lo cierto es que mira dónde estás, quiero que mires a tu alrededor. - Entonces ambas levantaron la mirada y Zoe entre lágrimas intentó apreciar alguna figura clara-.
- ¿Qué ocurre?  - Dijo Zoe sin poder apreciar nada.
- ¿No lo ves? -Sonrió la madre- Todo lo que tienes aquí mi vida es peso, peso que no te permite avanzar, viejas fotos, viejos muebles, viejos libros, viejos regalos, todo recuerdos anclados a una vida que ya no está, mientras John te espera arriba sin comprender jamás porqué nunca te lanzas a entregarte enteramente a él. 
- Mamá, tan sólo son cuatro años a su lado, ¡no puedo entregarle mi vida sin más! - respondió Zoe con gesto de Ofensa.
- ¿Tan sólo son cuatro años? Yo me até a tu padre con tan sólo un mes de conocerlo, mi vida, si sabes que es la persona apropiada, el amor no se mide en tiempo. Además, de qué diablos te sirve que pase el tiempo si jamás te vas a desprender de los recuerdos de alguien que claramente no era para ti -argumentó Anna con voz de clara molestia- ¡Despierta Zoe y haz honor a tu nombre, Vive! -Gritó tras una leve pausa, una vez más en un intento desesperado de salvar a su hija de una vida claramente sin sentido mientras ella la miraba con gesto de vergüenza. 

En ese momento y pese a la incredulidad de tener que estar escuchando todo eso Zoe lo vio todo claro, sentía que se había acabado el miedo, ya no había más tiempo, ya no había más Tom, jamás existiría una vida feliz con John si ella no se deshacía de una vez por todas de ese sótano, al fin y al cabo, para recuerdos ya existía su mente, no necesitaba trozos de papel, fotografías o una vieja caja de herramientas debajo de una mesa. 

En un Arranque de vitalidad Zoe se dispuso a sacar de allí todo lo estrictamente necesario, todo contenido de aquella vieja caja ante la mirada feliz y orgullosa de su madre. Llena de polvo y cubierta de sonrisas salió del sótano, subió las escaleras con la fuerza de alguien que acaba de empezar a vivir en ese instante y cruzó la sala de estar para salir por la puerta principal. 

Tras la mirada atenta de John que ya se había rendido a entenderla y desapercibida por su padre, el cual sentado al lado de John miraba las noticias como de costumbre, se dispuso a cruzar la calle y a tirarlo todo simbólicamente en un contenedor de reciclaje -sabía que no era el contenedor adecuado pero necesitaba ese gesto simbólico y sabía que se las apañarían bien separando sus cosas después.

En ese instante Zoe se detuvo en seco: se sentía liviana como una pluma. Se dio la vuelta y se quedó mirando su casa desde la acera de enfrente. Era una casa perfecta, perfecta para una vida, perfecta para una familia... ¿Cómo se había resignado a seguir respirando cada día sin procurar tener nada más que eso? ¿Días vacíos sin sentido?

John tras verla desde la ventana sentada en la calle decidió salir en su búsqueda:

- ¿Amor estás bien? - Dijo él en tono de preocupación- No es necesario que limpiemos todo hoy, ya hemos tenido bastante, quieres que vayamos esta tarde al c...-Lo interrumpió Zoe con un beso.
- John...-Dijo Zoe mirándolo fijamente a los ojos- Estaba pensando... ¿qué te parece si llamas a tus amigos esta tarde para que nos ayuden a vaciar ese sótano?
- Está bien -respondió John con gesto de sorpresa- pero... ¿Porqué? 
- A ti te encantan los ordenadores, a mí me encanta dibujar ¿porqué no nos creamos un estudio para ambos, un sitio donde relajarnos y disfrutar un poco dentro de casa? Es ridículo tener tanto espacio desaprovechado.
- Me parece perfecto pero...-dijo John vacilando durante dos segundos- ¿Y todas tus cosas, y tu vida? Está todo ahí abajo, sabes que nunca he querido bajar, pero igual sé que es tu vida y no quiero...no quiero invadir tu espacio.
- Al diablo con mi vida John – dijo Zoe entre risas apretándolo en un abrazo -  ¡Mi vida eres tú, no eso de ahi abajo! -Mirándose con gestos de complicidad ambos se dieron un largo beso pausado por leves sonrisas.

    Mientras desde casa dos ancianos contemplaban la escena por la ventana: 

- ¿Qué ha pasado ahí abajo Anna? ¿Porqué se han ido ahi fuera a darse besos? ¡Que ya no tienen 15 años!
- ¡jajaja, Cállate bobo! ¿Acaso no lo ves? ¡Por fin nuestra pequeña Zoe hace honor a su nombre!